Los milagros no existen.

Puede parecer una afirmación demasiado rotunda, especialmente para quien cree en Dios. Sin embargo, mi razonamiento parte precisamente de esa creencia.

Si Dios creó el Universo y estableció unas reglas para su funcionamiento, ¿por qué habría de contradecirse continuamente modificándolas según nuestros deseos, necesidades o conveniencias?

Para mí, la perfección no está en que las leyes del Universo puedan romperse. La perfección está precisamente en que funcionan.

El Universo tiene sus reglas. La naturaleza tiene sus procesos. La vida tiene sus ciclos. Y nosotros formamos parte de ellos.

Dios nos da el hábitat, no los milagros

Dios, desde mi manera de entenderlo, no está para resolver aquello que nosotros debemos hacer.

Nos ha dado el hábitat.

Nos ha dado capacidades.

Nos ha dado inteligencia, consciencia, voluntad, posibilidad de aprender, relacionarnos, amar, crear y actuar.

Y con todo ello tenemos que construir.

Esperar que Dios modifique las reglas de su propia creación para favorecer particularmente nuestros deseos sería una contradicción. Sería pedirle que corrigiera aquello que suponemos perfecto simplemente porque, en un determinado momento, no coincide con nuestra conveniencia.

Yo prefiero otra interpretación:

Entonces, ¿qué significa atraer?

También creo en lo que llamamos ley de la atracción, pero no la entiendo como una máquina cósmica de conceder deseos.

No creo que baste con querer algo intensamente, visualizarlo y esperar que el Universo nos lo entregue.

Mi interpretación es diferente.

Uno es al Todo como el Todo es al uno.

Formamos parte del sistema y, por tanto, podemos utilizar sus reglas. Nuestros pensamientos modifican nuestra forma de observar. Nuestra forma de observar condiciona nuestras decisiones. Nuestras decisiones determinan nuestras acciones. Y las acciones sostenidas generan consecuencias.

Ahí encuentro el verdadero poder de la atracción.

Si quieres atraer algo bueno hacia tu vida, empieza por cambiar aquello que depende de ti.

Cambia tus pensamientos.

Cambia tu manera de interpretar.

Toma decisiones.

Actúa.

Hazlo cada día.

Persevera.

Corrige cuando sea necesario.

Y deja que el tiempo haga también su trabajo.

Entonces empezarás a construir circunstancias diferentes.

No porque el Universo haya decidido premiarte, sino porque tú has empezado a relacionarte de otra manera con las posibilidades que el Universo ya contenía.

Pensamiento, acción y consecuencia

La vida se compone de hechos, circunstancias y devenir.

Algunos nos favorecen y otros nos perjudican. Después nosotros los adjetivamos: suerte, desgracia, fortuna, milagro, fracaso...

Pero la realidad continúa obedeciendo a su propia evolución.

Por eso intento no esperar acontecimientos extraordinarios que solucionen aquello sobre lo que puedo actuar.

Prefiero una secuencia mucho más sencilla:

Lo que pienso hoy influirá en lo que haga.

Lo que haga repetidamente irá construyendo aquello en lo que me convierta.

Y aquello en lo que me convierta modificará inevitablemente mi futuro.

No todo dependerá de mí, evidentemente. Vivimos rodeados de otras personas, circunstancias imprevisibles, naturaleza, azar y acontecimientos que escapan completamente a nuestro control.

Pero incluso entonces queda algo que sí nos pertenece: nuestra respuesta.

El futuro ya está dentro

Por eso tampoco entiendo el futuro como algo completamente separado del presente.

Una parte del mañana ya está germinando hoy.

Está en nuestros pensamientos.

Está en nuestras decisiones.

Está en nuestras relaciones.

Está en lo que hacemos repetidamente cuando nadie nos observa.

Está incluso en aquello que sabemos que deberíamos cambiar y seguimos aplazando.

No necesitamos esperar un milagro.

Necesitamos comprender, decidir y actuar.

Quizá una de las imágenes que mejor expresa mi manera de entenderlo sea esta:

La flor todavía no se ve.

Pero ya está allí.

Necesitará tiempo, condiciones adecuadas y seguir el proceso que corresponde a su naturaleza.

No aparecerá por milagro.

Florecerá.

Y quizá esa sea una de las mayores perfecciones del Universo: que no necesita romper sus propias reglas para maravillarnos.